En una escena de La Gran Belleza dice Jep Gambardella sobre sí mismo que supo que había nacido para la sensibilidad cuando le preguntaron de pequeño qué era lo que más le gustaba en el mundo y él contestó que el olor de la casa de los viejos. Yo intuí otro tanto cuando mi madre me preguntó hace ya años por qué me gustaban tanto las navidades y respondí que era una de las pocas veces al año que la casa estaba llena. Así era y así lo echo en falta hoy, cuando nos reunimos a cenar y la mesa está repleta de ausencias.

Mi tío marcaba el inicio de los festejos. Llegaba como un huracán, repartía besos y subía a tocar el piano. Empezaba muy navideño y hacía temblar el parqué a villancico limpio hasta acabar cantando la historia de los hermanos Pinzones, que por lo que recuerdo eran grandes marineros. Luego venían las cenas deliciosas e interminables, aderezadas con los discursos de mi tía y de mi padre, que siempre han tenido un gran sentido del protocolo. Uno de mis hermanos mayores y yo poníamos el humor e imitábamos a quien hiciese falta, con el más pequeño detrás traduciendo aquel esperpento al lenguaje de sordos con mucho efectismo. También había regalos y, como de aquella me había dado por el balonmano, acabé teniendo entre mis manos mi primera camiseta del Barcelona, con el número 7 detrásy un nombre inmortal escrito en letras amarillas: Urdangarín.

La casa estaba tan llena que muchas veces me tocaba irme al sofá y los papeles del divorcio sin firmar. Con mucho gusto, de todas formas. La televisión, aun con todos los especiales de Raphael que pudiese traer, se encontraba en mis dominios por unas horas. Lo mejor, con todo, era que nunca podía irme pronto a dormir, ya que todos se quedaban de tertulia en el salón. Mi familia siempre ha sido muy dada a comer y a hablar, siendo ambas tradiciones familiares tan innegociables como el pan en las comidas o el Concierto de Año Nuevo retransmitido desde Viena. No era cuestión de echarles a escobazos, de todas formas, y además me entretenían mucho las cosas de las que hablaban. No entendía nada y todo me parecía fascinante precisamente por eso, por desconocido; aún no sabía que la vida, efectivamente, iba en serio.

La Navidad era uno de aquellos momentos en los que nos juntábamos todos. El otro era el verano, en la casa de los abuelos. Si rebusco en los armarios aún puedo encontrar alguna foto de aquel entonces, cuando éramos jóvenes y alocados, tanto que dejábamos que nuestras madres nos vistiesen con bañadores de colores estridentes, salvajemente ridículos. Esas fotos son la prueba indeleble de la forma de felicidad más frágil y pura del hombre: la inocencia. En la playa de Noja, en Cantabria, nos juntábamos, y en aquella playa de Noja fuimos realmente felices. No todo fueron risas, es cierto; también hubo algún llanto, pero normalmente porque no encontraba la sombrilla, y mira que era inconfundiblemente fea. Por aquel entonces mis futuras aficiones se encontraban en un estadio tan primario de desarrollo que me conformaba con cazar cangrejos en las rocas cuando la marea estaba baja. Sólo necesitaba una pala y un cubo para sentirme como un naturalista inglés, de enormes anteojos y fino acento, en las Galápagos. Algo ya se venía venir, de todas formas, como con esos alcohólicos incipientes que llevan la petaca en la pechera. Recuerdo una vuelta a casa un domingo por la noche: mi padre conducía y en la radio un tal Ronaldo, cuya existencia aún ignoraba, estaba a un partido de ganar la Copa del Mundo. La cosa se torció a última hora por lo visto, cuando los franceses hicieron lo que no haría ningún buen anfitrión, que era ganar en su casa al invitado. El tal Ronaldo no debió acabar satisfecho con aquello. Cuatro años, dos lesiones graves de rodilla y un extravagante corte de pelo después, se desquitó con la Alemania de Oliver Kahn, otro de los ídolos de mi infancia, a quien desnudó en un visto y no visto, como sólo él sabía hacer, inoculando en aquel niño llorón, frágil y sensible, el mejor de los vicios: el fútbol.

En aquellos veranos empecé a montar en bicicleta, descubrí el valor de una buena sobremesa en familia, me enseñaron qué era una galerna, gasté bromas telefónicas con mi prima y mi hermano, fui al cine a ver La Maldición del Escorpión de Jade y aprendí a odiar apasionadamente la tortilla francesa y todas sus variaciones, en un alarde de españolismo a la altura de la ignorancia enciclopédica de Camba. Aquel paraíso terrenal duró tanto como la ingenuidad con la que solía mirar los cangrejos de Noja, creyendo que aún había llegado a tiempo a Macondo para darle nombre a las cosas. Bastaron un par de ortigas y una tarde de lluvia encerrado en casa jugando al Monopoly con mis primos para convertirme en un cínico, obsesionado con el dinero y los hoteles de lujo. Nada volvió a ser igual y los restos de aquel templo se desmoronaron definitivamente cuando imputaron a Iñaki. Sin embargo, aún nos reunimos de cuando en cuando; ahora con niños de por medio, que nos reemplazan poco a poco y aprenden que, en ésta vida, las mejores cosas suceden en casa.


Por Javier Fernández

Estudio, leo y escribo. No necesariamente en ese orden.

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