Nadal_ResPublica

Vía: lainformación.com

“Dios, esto me está matando”

Roger Federer después de perder la final de Australia 2009

 

Todo ha sucedido porque tenía que suceder. Se dice siempre esto cuando las cosas ocurren. Algunas personas se esfuerzan por dejártelo claro en el intento por ofrecerte su mejor consejo. Si tuviste un traspiés te dicen: “no tenía que suceder. Todo pasa por algo”. Sin embargo, ¿por qué tiene que pasar algo entonces y no antes? Es decir, si finalmente no tenías que ser escogido para ese trabajo, entonces, por qué casualmente alguien te llamó primero interesándose por ti. El problema con esta visión de las cosas no está sólo en superar esa contradicción, determinar que la realidad tenía otros planes a la altura de la cadena de causas que más nos convenga, sino en que nos hace olvidar la responsabilidad que cada uno tiene en sus propias consecuencias. Más que mucha fe (que hay que tenerla), lo que hace falta para creer en el destino es, quizás, miedo a pensar qué hicimos mal. Muy lógico, por otra parte. Pero inútil a la larga y, lo que es peor, corremos el peligro de justificar siempre nuestra impotencia, convirtiéndonos, cómo no, en impotentes.

No tengo claro lo que hubiera pasado si un amigo de Nadal, su mejor amigo quizá, o su entrenador o sus padres o su novia, le hubiera dicho en 2015 que tanta lesión, tanta ansiedad y que tanto perder ocurrían para que él dejase de competir. Lo que sí tengo claro es en lo que Rafa confía. No en el destino. No en la brujería. La única contingencia en la que cree es en la que él mismo pueda hacer que suceda, o sea, en causas y consecuencias.

Gracias a un gran amigo tuve la oportunidad de ver en vivo a Nadal dos veces. Godó 2011 y Queen’s 2015. Entre un Nadal y otro mediaba un abismo de diferencia y una cabeza que, por la parte de arriba, clareaba a pasos agigantados. Ni rastro de aquella mentalidad de hierro que ganaba arrasando. Nos fuimos de Queen’s contentos de haberlo visto, sintiendo el privilegio de quien ve algo que presiente que no volverá a ver en su vida. Daba igual que Rafa ya no fuera el de antes, lo teníamos amortizadísimo, lo había ganado todo.

Pero el paso de Nadal por Australia ha dejado algo más perdurable que muchas victorias. Las antípodas han sido el final de un viaje que comenzó cuando surgieron las dudas, cuando dejó de controlar su mente y anticipaba los resultados, cuando, en definitiva, apareció el miedo no a perder, sino a no poder competir. A su manera claro, a no poder ser Rafael Nadal. La hazaña de Rafa no consiste en ser un portento físico infatigable, un nervio caliente que se enfrenta al arte fino y frío de Federer. Lo colosal en Rafa, su verdadera hazaña, reside en que cuando él pierde y se hunde, asume sus debilidades, y en lugar de pensar que las cosas ocurren por algo ajeno a su responsabilidad, se pone a trabajar desde el primer instante aceptando la realidad: que él ha sido peor que su rival. Rafa no acepta excusas, no quiere victimismos lamelibranquios, prefiere hacer inventario de sus errores con una fiereza clínica, consciente de que, por muy lejos que llegue a hundirse, delimitar el problema es empezar a resolverlo. Para quien no cree en el destino, nada educa tanto el carácter como la derrota. Seguramente, la cima, el éxito, el trofeo, le sirvan a Rafa como bálsamo fugaz tras su verdadera vocación ganadora: cada ascenso improbable hacia la cumbre, cada vez que el partido se va al delirio insoportable del quinto set y hay que contener a un Dimitrov incontenible. La gesta más loca es la gesta más bella.

Sí importa el modo en que un hombre se hunde, porque sí importa el relato con que lo hace, la historia que se cuenta a sí mismo. Y por mucha fortuna que pueda mediar, al final, es uno mismo el que pone en marcha la maquinaria de los acontecimientos y fuerza la maravilla. Si Rafa ha recogido mucho, es porque primero sembró mucho. Pero antes, hace falta realizar el esfuerzo más difícil: reconocerse completamente vulnerable. Hacer un examen de conciencia sin compasión, asegurándose de no dejar ninguna esquina por barrer y, sin gastar ni una sola palabra en explicarlo, dejarnos con el ejemplo la única fe posible: que para algunas personas nada está escrito si ellas no lo escriben.

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Alfredo Andreu

Probablemente, ya está todo escrito. Por tanto, mi opinión es irrelevante. Mi única intención al escribir es vencer la pereza y sacar alguna idea en claro. Soy muy de merendar.
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