steve jobs_respublica

Conocí a Steve Jobs el mismo día que el resto de mis treinta y seis compañeros de clase. Se nos pidió guardar los libros, tocaba lección vital. Nos dieron unas hojas grapadas de un discurso fotocopiado: “Steve Jobs. Graduación Universidad de Stanford. 2005”. Uno de nosotros preguntó en medio del reparto: ¿es para leer? El profesor se acercó las fotocopias a la sien. “Es para meditar”. Recuerdo que lo leí rápido y enfervorecido. Dos veces. Y que, al terminarlo las dos, pensé a ver qué hacía ahí cuando podría estar cambiando la vida desde un garaje. Pocas cosas son tan deslumbrantes a los dieciséis, como que te hablen del éxito y te den la fórmula. Y por el tío que te metió mil canciones en el bolsillo.

Al ver la película de Sorkin, uno se pregunta qué había de cierto sobre lo que contaba de sí mismo Steve. De aquel hombre que no quería morir, y al diagnosticarle el cáncer lo primero que le preocupó fue pensar en cómo decirle a sus hijos en unos pocos meses lo que iba a decirles en diez años. Eso cuando, al Steve de la película, le cuesta 19 años reconocer que el nombre del primer ordenador Apple y el de su hija Lisa no eran una coincidencia. Hola, ¿qué tal? Y no lo olvidemos, Steve empieza a ver en ella el fruto de sus entrañas cuando demuestra la intuición e inteligencia de su padre al realizar un dibujo con el Paint.

O qué había de cierto en aquel hombre que asumía los fracasos de su carrera como “una medicina horrible pero que el paciente necesitaba”, mientras la cinta muestra un rencor no superado por los años y una actitud de prepotencia hacia todo el mundo, encantado de haberse conocido a sí mismo, lo cual disfruta en señal de venganza hacia los que le despidieron de su propia compañía.

En fin, que aquí va lo peor y lo mejor de un pastel que Sorkin nos intenta vender empapelado de marca cara pero cuyo interior huele a celofán de Hacendado.

Lo peor: Sermonorkin

Esta película no es ni de Boyle, su director, ni de Fassbender haciendo de Jobs, ni de Winslet actuando de Joanna Hoffman. Es de Aaron Sorkin, guionista y cerebro de todo que, al igual que Jobs, no se dedica a tocar los instrumentos sino la orquesta entera. Aaron siempre ha prometido. Los elogios que recibió su Ala oeste… o Algunos hombres buenos dan fe de ello. Pero ya en The Newsroom, el talento de Aaron viró hacia la ambición de ser el puto amo y pasar de escribir guiones que cuenten una historia (nada más, nada menos) al sermón. A este respecto, Alberto Nahum tiene una reflexión muy interesante.

Así como en Algunos hombres buenos todo ese palabrerío hiperlúcido y vertiginoso de sus personajes resultaba útil y disfrutable (ya estábamos familiarizados con el género de peli de abogados donde unos atacaban y el coronel se defendía con evasivas hasta admitir que aplicó el código rojo), en Steve Jobs resulta cargante, confuso y, en general, avasallador para el público. Quiero decir que, de haber tomado el guion como un libro, donde tienes el lujo de detenerte en las frases y releer los párrafos, pues, estupendo. Pero no es el caso Aaron. Es una película tío y una cosa es tratar al espectador como un ser inteligente y otra marearlo tanto que al final, postrado de hinojos, reconozca tanto virtuosismo en tu verborrea y dedique generosos elogios a tú película porque “menuda sacada de chorra son los diálogos de este tío”.

Este es el cáncer de la película: cada conversación con su jefe Sculley (Daniels) es el reflejo de esa madeja frenética de réplicas y contrarréplicas que ya no sabes por dónde te la está colando. Ni de porqué uno está cabreado con el otro o es sólo un combate dialéctico a ver quién gana.

Y sí, es grave que jueguen así con un tipo como Jobs, el Mesías de Cupertino, ya que a mí no me interesaría conocer al tipo detrás del iPhone si no fuera porque me lo presentaron como modelo de éxito a los dieciséis y los productos Apple no tuvieran ese aura casi espiritual.

steve jobs_res publica
– ¿Por dónde nos la estás colando Aaron? – Por aquí.

Lo mejor: el montaje

Hace falta ser friki para fijarse en el montaje. Pues sí. Pero es que al editar un video comprendes la magia que se produce en la edición y lo fenomenal que resulta un montaje sensato. Y el montaje a manos de Elliot Graham es de lo mejor de cuanto hay en Steve Jobs. Y sí, se beneficia bastante del manuscrito de Sorkin, pero lo termina salvando de hacer aguas. Fruto de este montaje surge una sensación recurrente a lo largo de la película: ese flow tan seductor de estar haciendo equilibrios con muchos platillos a la vez para, finalmente, ordenarlo todo en un clímax donde se recoge cada uno sin romperse. La contribución de la música de Pemberton suma enteros en ese sentido y el burbujeo electrónico que ha compuesto rezuma olor a disquete y hardware. (Muy fan de ‘Jack it Up’).

Otro buen punto es la construcción de la historia misma: un drama en tres actos que se corresponden con tres lanzamientos de sus productos míticos. Por cierto, uno tiene la impresión de que a Jobs le ocurría todo en los minutos previos a sus presentaciones, pero es algo que aceptamos tragar deportivamente porque… Bueno, porque estamos viendo una película y no nos queremos aburrir. Sigamos.

Los elogios a Fassbender y Winslet son justos. Con razón en los créditos finales sus nombres aparecen los primeros, antes incluso que el del director. Pero anda que no tendrá interpretaciones con más complejidad y matices el bueno de Fassbender. Sin ir más lejos en su papel de Macbeth, también en cartelera. Si al final le cae algún premio, que al menos reconozcan que es por haberse empollado las 200 páginas de Sorkin.

En definitiva, Steve Jobs es una peli recomendable pero que ni por el forro se acerca la la perfección. Sermones saturantes de Sorkin aparte, el mensaje que nos intenta transmitir la película es tan peligroso como seductor. El de que, una vez hemos conocido el interior y exterior de Jobs, nos preguntemos: ¿podría haber existido el genio sin el villano? La peli se decanta por redimir a un Jobs que sí, era un hombre difícil, padre nefasto, dictador, engendro autosuficiente, que usa a sus compañeros como medio y no como fin. Todo eso en aras del iPhone. Esto es lo que más me chirría de este tipo de personajes simbólicos. Estamos hablando del buque insignia de la parroquia de ‘Los emprendedores’. El fervor ‘entrepeneuring and leadership’ de charla TED y libro. El tamboril y cascabel de esa clase de emprendedor: el agresivamente ambicioso y prepotente, demasiado consciente de su propia importancia. “Oh, disculpen los modales, tengo que liderar la próxima década”

Insisto, no exigiría ser convencido por la personalidad de Jobs, de la misma manera que no me interesa saber si Messi defrauda a Hacienda, sino fuera por el modelo reproducible de éxito que simboliza. De ser ese icono que, al igual que sus productos, se hacen importantes por el convencimiento que supone poseerlos. A diferencia de Sorkin, no pretendo manipular a nadie. Al fin y al cabo todo esto ya lo dejó dicho una de las personas que más lo conocieron: su amigo y socio Steve Wozniack. “Se pueden cambiar las cosas y ser decente”.

Pero quién puede escapar a Steve Jobs. Quizá ya sea tarde, pensé, al escuchar el sonido de una llamada entrante en el cine. Marimba se llama el tono. Un presentimiento de estar viviendo en un sueño dentro de un sueño.

Tiene gracia. Escribir todo esto desde un Mac.

Fuente imágenes | Universal Studios

The following two tabs change content below.

Alfredo Andreu

Generación mejunje Art Attack. Disperso entre farmacia, diseño gráfico y cine. Soy muy de merendar.
Shares