Estaba claro que hacernos volver a otra época era una buena apuesta. Sobre todo, cuando se trata de algo tan íntimo como el imaginario de la infancia, un asunto que ha demostrado que funciona, hasta tal punto que, sometido a un proceso de actualización, es capaz de montar un lío incluso más grande que en su momento. Y si no, a ver cómo explicamos qué hace un montón de gente en la calle cazando Charmanders.

En su corta vida, la marca Netflix ha sembrado una imagen de sello de garantía con producciones originales del peso de House of Cards, Orange is The New Black, Narcos o BoJack Horseman. La suficiente, al menos, para fiarse de Stranger Things, aun cuando todo parezca peligrosamente familiar. Ya se sabe: con meterle mano a las partes más queridas de nuestra memoria, lo justo. Con esos humos, uno piensa que lo mejor es mantenerse escéptico, algo que termina viniéndole muy bien a la serie, en cuanto a rebajar las expectativas. Porque la principal ventaja de transitar por un imaginario tan conocido es, también, su principal reto: la necesidad de hacer algo diferente, y que funcione, o ahogarse en el mar de referencias.

¿Sería Netflix capaz de hacerlo?

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“Agüita la que os voy a dar” / Netflix España

‘Prisioneros’ + Spielberg + serie =  petarla

Lo cierto es que para aquel que dé una oportunidad a la serie, el primer capítulo se convierte en un pulso contra sus prejuicios. Todo es tan descaradamente calcado, el chantaje visual es tan evidente, que la propuesta de los Duffer Brothers resulta provocativa: “Mira, te voy a poner en los 80, con walkie-talkies, niños superinteligentes en bici, misterio, sintetizadores y madres separadas que han perdido a su hijo y, aun así, no vas a poder dejar de mirar hasta el final”.

Y hete aquí (es más, E.T. aquí) que Stranger Things se marca rápidamente un tanto a favor hasta el punto de hacernos la misma pregunta: ¿quién demonios son los Duffer Brothers? Y, ¿dónde han estado todo este tiempo?

La premisa es básica: la desaparición de un niño hace iniciar una búsqueda durante la cual aparece abandonada una niña que apenas sabe hablar, pero que pronto demuestra tener capacidades sobrenaturales. Si bien este punto de partida coincide con las de aquellas otras producciones de Amblin en el caso de Spielberg, o George Lucas y John Carpenter, la serie, sin dejar de jugar con elementos reconocidos, va a ir tomando un tono distinto, un giro propio. Aquí es donde la serie es más genuina: en el tratamiento que hace del curso de los acontecimientos utilizando para tal efecto la herramienta de la serialidad. O dicho de otra forma: tomar lo que hasta ahora se había explorado durante ciento veinte minutos y fraccionarlo en episodios de ocho horas. Los propios Duffer reconocían en una entrevista haber tomado como inspiración una historia tan distinta como la película Prisioneros, un thriller psicológico que nos conquistó a muchos: “Pensamos: ¿No habría sido esa película aún mejor con ocho horas en HBO o Netflix? Fue genial ver a esos personajes con ese tono en la gran pantalla, pero pensamos que necesitaba más”.

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La cara que se te queda cuando te llega la factura de la luz / Netflix España

(ATENCIÓN: SPOILERS desde aquí)

El resultado es un producto nuevo, con una calidad visual difícil de superar, cuidadas transiciones ligadas entre escenas, inicios de capítulo que empiezan ya desde muy arriba y esa forma, en general, que tienen los Duffer de introducirnos en los misterios de la serie siempre con la intención de sugerir antes que de contar (de hecho, la única explicación sideral en modo ‘ponencia TED’ que recuerdo es la del profesor con la Dimensión Alternativa, dejando otras preguntas libres a la interpretación del espectador). Todo ello al servicio de una puesta en escena que cumple sus funciones con oficio, pero también con arte: desde ese tablero premonitorio con el Demogorgon hasta el estremecedor “RUN” que Will codifica en las luces del salón.

A pesar del innegable homenaje de Stranger Things hacia un tipo de cine y la glorificación ochentena con todas sus pertenencias, no tengo claro que los Duffer persigan eso directamente (más presente en Super 8) como valerse de un universo conocido –y querido– para cambiar las reglas. Y lo interesante es que, al hacerlo, logra un mejor equilibrio entre el cálculo y la espontaneidad de lo narrado, algo de lo que si no se resentían más sus madres ochentenas (o la misma Super 8) era gracias a la música de John Williams o Michael Giacchino. Sin embargo, Stranger Things apuesta por un desarrollo de la historia más oscuro y psicológico, donde la sensación de peligro es constante, con una presencia del mal más aterradora, unos malos que sí hacen daño de verdad (nada que ver con ese niño que salía de la nave alienígena peinadito y sonriente de Encuentros en la tercera fase) y los happy endings no están tan claros (la desaparición de Eleven o esa escena de Will en el baño).

Al fin y al cabo los Duffer saben, mejor que nadie, que los walkie-talkies ya existían antes de que llegaran ellos, de la misma manera que la nieve ya existía antes de los Coen, encontrándole a la serie su verdadero filón en ese nuevo tratamiento de lo que cuenta.

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Cuando te das cuenta que E.T. era un loser que sólo hacía volar bicicletas / Netflix España

Otra de las claves está en el peso que recae en los papeles de los niños, con personajes más desarrollados que la mayoría de los adultos, algo que se observa especialmente en el caso de Winona Ryder, siempre al borde de la histeria y con el mismo puñado de tics nerviosos, lo que puede hacerse cansino a medida que avanza la temporada. La interpretación de David Harbour resulta más convincente como Chief Hopper. A pesar de cargar con los típicos antecedentes sombríos, resulta muy creíble y muy humano en la piel de un tipo valiente y con un finísimo sentido del humor (“Mornings are for coffee and contemplation“). Y dentro del elenco protagonista (de largo los papeles más aptos para lucirse) todos hacen un trabajo admirable, aunque me quedo, sin duda, con el magnífico Dustin, un chaval entrañable, divertidísimo, espontáneo, directo y tremendamente práctico. Una amistad como para hacerte saltar por un barranco (literalmente).

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Ser el amo de la barraca y como si nada / Netflix España

Pese a ello, la serie mantiene algunos puntos débiles semejantes a los que se podían achacar también a sus predecesoras, con esa insistencia que siempre me ha patinado por niños que terminan siendo más valientes e inteligentes que la policía, o que les dan varias vueltas a sus padres, casi siempre incompetentes y oligofrénicos (atención a la familia de Mike) o al hecho de que, a parte de Hopper, solo haya… ¡¿dos polis en toda la ciudad?!  que no dan abasto con tanto ferrete.

En cualquier caso, esas flaquezas no han evitado que Stranger Things se haya convertido en otro nuevo fenómeno de la pequeña pantalla. Por su potente atmósfera (con esa mezcla de sintetizadores, viejos éxitos y títulos de crédito), su caso a resolver durante toda la temporada, su continua tensión, la faceta trascendental que impregna la serie y hasta el número de capítulos, ocho, me han recordado, salvando las distancias, el inmejorable sabor de boca que me dejó en su momento True Detective. De hecho, al pensar en ello, no se si a la serie le vendría mejor el formato miniserie, también como en el caso de Fargo, que evite continuaciones como la dolorosa decepción que nos dejó HBO.

Está por ver, una vez agotado el factor sorpresa de esta temporada, hasta qué punto será capaz la serie de mantener su listón, ya que en el caso de la recién anunciada segunda temporada se den respuesta, es de temer, a las preguntas que han quedado abiertas y que, personalmente, preferiría no tocar, quedándose como están.

Lo sé, lo sé: de momento que les quiten lo bailao. Es de esperar que Netflix quiera rentabilizar al máximo un producto con tan buena acogida. Pese a todo, mantengo lo dicho. Que los Duffer Brothers nos asistan.  

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Alfredo Andreu

Generación mejunje Art Attack. Disperso entre farmacia, diseño gráfico y cine. Soy muy de merendar.
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