Suelo Prohibido BANNER

El tren aminoró la marcha y se le hizo un nudo en el estómago. Hacía años que la capital era para él suelo prohibido. Un encuentro fortuito o el eco de un rumor bastarían para excavar su tumba bajo el asfalto. Pero a veces hay que hacer lo que hay que hacer. Se bajó del tren, cruzó el andén con la capucha calada hasta los pómulos, y llegó hasta la parada del autobús urbano mezclado entre la gente.

En el taller de su padre recogió un ciclomotor desvencijado. La llave estaba escondida, como siempre, en el interior del faro delantero. Pateó el arranque varias veces, pero el motor se resistía.

—En movimiento arranca mejor. Usa los pedales.

Se dio la vuelta: su padre le miraba desde el marco de la puerta. Más arrugas de las que recordaba, pero la misma cara de cemento.

—Te lo dejo aquí mañana por la noche.

—Le podías cambiar las gomas. Que te vas a matar.

—¿Te importaría?

La última patada causó un chisporroteo y el motor se puso a toser. Sin mirar a su padre, aceleró calle abajo. La siguiente parada sería aún más desagradable, pero forzosa.

La de Maira había sido su cama durante año y medio. Eran los días dorados, cuando los fajos eran gruesos y los billetes nunca menores de cincuenta. Se bebía todas las noches, y siempre en compañía — a veces desconocida. Entonces Maira aún no había empezado a emponzoñarse, y su boca y sus dientes y sus manos y sus uñas eran todavía agradables. Una vaga nostalgia le apretó en el pecho bajo el reflejo de las luces navideñas. “Cómo puedo echar de menos lo que nunca he tenido”, pensó.

Apretó cinco o seis botones en el telefonillo. Al salir él del ascensor, un sujeto encogido y nervioso se asomó a la puerta del apartamento y se precipitó escaleras abajo. En lel umbral, Maira terminó de taparse con una bata mohosa.

—¿Quién era ese?

—Uno.

No se hablaron durante un minuto.

—¿Te quedas unos días?

—¿Dónde está Inés?

—Quédate unos días. Tú y yo podríamos… Puedo limpiar el piso.

La miró arqueando las cejas y paseó la mirada por la cochambre. Maira ya había empezado a desnudarse.

—Quédate. Te necesito. Solo hasta mañana.

Maira le miraba y le dejaba de mirar con ojos llenos de nada. Inmediatamente, sin mediar palabra, se hizo una perfecta composición de lugar: si se quedaba, se despertaría al día siguiente frente al cañón de una pistola. Sentó a Maira en el sofá y le cerró la bata en un acto de misericordia más que de honestidad.

—Tu amigo. Ese “uno”… Va a volver con otros dos, ¿verdad?

—Sigues igual de guapo.

Le acarició las mejillas y él le dijo puta y zorra y asquerosa. Encendió un cigarrillo.

—Si no me dices dónde está mi hija…

Maira dejó escapar una risa aturdida y le quitó el cigarrillo de los labios. Sin dejar de sonreír, plantó la cabeza incandescente en su propia pantorrilla. El olor a piel quemada le dejó paralizado unos segundos. Soltó un manotazo, y el cigarrillo cayó en la alfombra y lo pisó. Tomó un vaso amarillento de la mesa camilla y lo vació en el muslo de Maira, que se reía con un timbre maníaco.

—No puedes hacerme daño. Aunque quieras.

Miró el reloj; miró a Maira; pensó en el tiempo en que la amaba, más o menos, y volvió a mirar el reloj. Tenía razón. Echó un vistazo alrededor: cocacolas, ropa acartonada, ceniza, ron barato. La puerta de la habitación. Maira se removió en su asiento.

—¿Qué haces?

Entró en la habitación, vació los cajones de una mesilla sin patas, examinó el armario, revolvió las sábanas hediondas. Quiso vomitar. Desgarró la funda de la almohada e introdujo la mano entre las plumas hasta que sintió el tacto liso del plástico. Volvió a la sala de estar con una bolsita en la mano. Maira perdió los nervios.

—No, no, no…

—¿Dónde está Inés?

—Nononono…

Se subió el jersey tapándose la nariz y la boca y prendió fuego a la bolsa. El plástico empezó a fundirse y a gotear. Maira se abalanzó sobre él con furia animal, golpeando, arañando, mordiendo. Él protegió la bolsa en llamas con el cuerpo y usó el otro brazo para arrojar a Maira contra el suelo. Ahora sí, lloraba.

—¿Dónde está Inés?

—Estaba en El Palacio… Luego se quedó preñada.

—¿Qué?

Maira lloró y gimió.

—¿Sigue en El Palacio?

—La bolsa, por favor.

—¿Dónde está Inés?

—¡La loba! Se fue con la loba. No sé si sigue allí.

Miró a la bolsa terminar de consumirse y miró a Maira, ya consumida. Dejó que las llamas devoraran la heroína haciendo esfuerzos para no respirar. Pensó en lo que diría a Maira: “Eres una puta por abandonar a tu hija;” pero después pensó en lo que ella le diría a él: “Igual que tú”. Y tendría razón. Se quemó las yemas de los dedos. Dejo caer la bolsa y la aplastó, arrastrando el plástico fundido por la moqueta. No cerró la puerta  al salir.

El viento frío de la calle le espabiló. Debía de haber inhalado algo de ese vaho tóxico, porque se sentía mareado. Arrancó el ciclomotor de una patada. La Loba era una monja que acogía a muchachas descarriadas. Pero era famosa por devolverlas a la calle si no cooperaban. Y sospechaba que Inés no cooperaría. “Preñada. Manda huevos”.

Aparcó a escondidas, caminó, fumó, observó, y finalmente, le dio al telefonillo. Tuvo que pelearse con la Loba para demostrar que era el padre de Inés y que le dejara entrar. Allí estaba, su cara y su vientre hinchados como una ampolla. Allí estaba, y ni una sola palabra se asomó a sus labios; o al menos, ninguna que pareciera tener sentido allí y entonces. Así que dijo “hola”, torpemente, y le arrancó una sonrisa a Inés. Ella señaló su bombo.

—¿Qué opinas?

Se encogió de hombros.

—¿De quién es?

—Todos preguntan eso. Nadie se pregunta “quién es”.

—Dime que no es del Palacio.

—No importa, ¿no?

—¿Por qué fuiste allí?

—Maira… Ya sabes, el dinero.

—Puta.

—Gracias.

—No, no. Tu madre, digo.

Inés se rió en alto. De él, de su ingenuidad, de su torpeza. Titubeó.

—Está muy crecido.

—Salgo de cuentas a final de semana.

La Loba interrumpió, preguntando cómo la había encontrado, y entonces, por segunda vez esa noche, la realidad le golpeó. Parecía estar teniendo una claridad de visión especial, infundida, pero por desgracia, tardía. En el momento en que aquel hombrecillo mermado salió del apartamento de Maira, debía haberse marchado. En el momento en que forzó a Maira a revelarle el paradero de Inés, la había puesto en peligro. Y, ahora se daba cuenta, la había dejado sin un lugar seguro donde dar a luz.

—Coge tus cosas. Nos vamos.

Inés se rió con un gesto de madre paciente. La Loba dio un paso hacia el teléfono.

—No lo entiendes. Van a venir a por ti si les sirve para llegar hasta mí.

—¿Quién?

—Mis amigos.

La sonrisa de Inés se desvaneció y su mirada se tiñó de decepción. La palabra “amigos” significaba muchas cosas en la vida de su padre, menos lo que de hecho significaba.

—No tienes ni idea de lo que he pasado. No te imaginas lo que este bulto ha sido para mí. Lo que me costó dejar de beber, dejar de usar. ¿Crees que eres el único que tiene “amigos”? Yo he tenido que dejar a los míos. Has venido a destrozarlo todo.

Le dio la razón — la tenía — pero eso no iba a cambiar el hecho de que tenían que irse cuanto antes. Amenazó a la Loba con un dedo.

—No se mueva.

—Vaya a la policía.

—La gente como yo no puede ir a la policía, hermana.

Ya en marcha, sintió agradecido las manos de Inés estrechándose alrededor de su cintura cuando arrancó el ciclomotor. Aceleró de golpe para que ella tuviera que agarrarse más fuerte. Inés levantó la voz sobre el viento.

—¿Sabes qué estoy pensando, que es muy curioso?

—No. ¿Qué?

—Que mi padre y mi madre son las dos personas en todo el mundo que más daño habéis hecho a mi vida.

El ciclomotor crepitó dolorido. Se concentró en el ruido rítmico del motor y el tacto de las manos de Inés. Se olvidó de todo, de a dónde iban y por qué, hasta que ella lo sacó de su ensueño.

—¿Adónde vamos?

—El albergue.

—No puedes meterme ahí estando así.

—¿Y a dónde quieres ir?

Se hizo el silencio. El albergue olía mal y estaba lleno de caras aprensivas. Ella dijo que si no se había parado a pensar en que sus “amigos”  también tenían amigos, y que podían andar por aquí.

—Malo será.

Tuvo que echar a dos sin techo de una habitación para hacerle sitio a Inés, pero cuando volvió con ella, otros cuatro esperaban dentro, y eran más grandes. El primer golpe vino por detrás. Percibió una mancha oscura en movimiento, se hizo a un lado, y el puñetazo aterrizó en lateral de su cuello. Cargó con todas sus fuerzas para abrirse paso hasta la puerta, pero se estrelló como contra una pared de hormigón. Cuatro brazos ciclópeos le aferraron por la espalda y la lluvia de golpes comenzó. No supo decir si fue medio minuto o media hora, pero al cabo de un rato los gritos nebulosos de Inés le sacaron de la inconsciencia. Los golpes cesaron, y las manos amables de su hija lo acompañaron hasta el ascensor. Sangraba y sudaba y se le había revuelto el estómago. Vomitó en la acera y anadeó hasta la fuente de un parquecillo cercano. Inés sólo le miraba con gesto incrédulo. Como si tanta incompetencia fuera imposible. Mientras el chorro de agua fría relajaba el dolor de su cuello, Inés dejó escapar un grito ahogado que le heló la sangre. Se giró: su hija estaba doblada hacia adelante, las manos firmemente plantadas en el vientre y sus piernas mojadas, mientras un charquito amniótico se iba formando a sus pies. “Mierda”. Se hurgó en los bolsillos buscando la cartera. Se la habían robado en el albergue. Le dijo que no se moviera, y se lanzó a detener el único coche que pasaba. El conductor quiso esquivarle, pero él trató de bloquearle el paso. En el último momento se apartó y la aleta trasera del coche le golpeó en la rodilla y lo arrojó al suelo. Se levantó mareado de dolor y cojeó hasta Inés, que se había tumbado en un banco.

—Llama al 112.

—¿Tienes teléfono?

—Busca una cabina. O alguien que te preste. Pero haz algo.

Estaba nerviosa y se le entrecortaba la respiración. Sin poder apoyarse en la pierna izquierda, dobló la esquina y encontró un bar media manzana más allá. “Teléfono. Ambulancia”.

Mientras uno de los sanitarios calmaba a Inés, el otro le examinó la rodilla con cara de malas noticias. Se tragó un calmante, y el traqueteo de la ambulancia empezó a adormecerlo. Balbució un “qué tal, niña”, pero sólo oyó los soplidos histéricos de Inés.

El frenazo lo despertó. Los sanitarios empujaron la camilla hospital adentro, mientras un tipo vestido de verde salía a echarle una mano.

—¿Qué ha pasado ahí?

—Nada, nada. Estoy bien.

—Pero esa rodilla…

—Nada.

Se quedó ahí sentado, distraído. El conductor de la ambulancia le pidió que se moviera. Le costó caer en la cuenta de que le estaban hablando. Su mirada había aterrizado en tres individuos que fumaban junto a la puerta. Algo volvía a estar fuera de lugar. Los examinó despacio: un calvo gigante y dos gorilas con pendiente. Se acercó a ellos, les pidió tabaco, y fuego, y preguntó por la hora.

—¿Qué tal está Inés?

—¿Perdón?

—Inés. Tu hija.

La sonrisa torcida del calvo le dijo todo lo que tenía que saber.

—No sé de qué estáis hablando.

—He oído que ya has recibido bastante en el albergue.

—Te equivocas de persona.

El mostrenco le palmeó en el cuello con mala baba. No pudo contener una mueca de dolor. Tiró la colilla al suelo y entró en el hospital, pero lo pensó dos veces y rápidamente se dio la vuelta. “Qué queréis”, preguntó.

—Te vienes con nosotros por las buenas y todos en paz.

—Tengo una hija chillando de dolor ahora mismo en el paritorio…

El grandullón sacudió la cabeza, impaciente.

—…y un nieto a punto de venir al mundo.

—Me da igual. De verdad que me da igual.

Ahora había lágrimas deslizándose por sus mejillas. Unas de rabia, y otras de auténtico pesar. Podía intentar correr, pero tenía la rodilla hecha pedazos y aún quedaba Inés. Podía intentar pelear, pero eran tres y más grandes y él estaba exhausto, y si perdía, aún quedaba Inés. Por no poder, no podía ni matarse allí mismo aunque quisiera. No le quedaba ni ese privilegio. Porque todavía quedaba Inés.

Saboreando la sal de sus propias lágrimas, asintió. El matón le hizo un gesto con la cabeza y los cuatro caminaron hasta el aparcamiento. Inés se despertaría con un niño en brazos y él ya no estaría allí.

Escrito por: Pablo Castrillo, screenwriter with accent.

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