Reconozcámoslo de una vez por todas. Delante de la pantalla, tras solventar todos los escollos, nos encontramos con la última barrera. Es la ventana de “términos y condiciones“, con su casillita al pie, dispuesta a ser marcada raudamente. Nadie los lee en su sano juicio; los marcamos con alegría cual acto reflejo. Lo hacemos porque la felicidad está detrás de ese “acepto” que de repente se ilumina y con el que – por fin –  podemos interactuar. Y es que la felicidad es aquí una promesa.

Es sin duda una promesa, ante la cual nos convertimos en ávidos exploradores. Salimos en su búsqueda porque la hemos probado en los distintos momentos que aderezan nuestra vida, esos momentos en los cuales nos decimos “ahí fui feliz”. ¿Quién puede olvidar ese sabor?

Si miramos atrás, reconocemos grandes momentos de explosión de alegría, así como momentos más prolongados en el tiempo en los que podemos reconocer una paz estable. Son momentos que se han quedan fijados en la estructura de este nuestro ser en el mundo.

Por mi parte, me considero muy afortunado por la infancia que viví. Si tuviera que privilegiar un momento de felicidad estable en el tiempo, es este. Mi entorno era un remanso de seguridad, sazonado con la expectativa de una aventura que hacía imposible vivir nada con monotonía. Y mis padres, guardianes de mi felicidad, eran titanes indestructibles. Paz estable, ciudad amurallada… la infancia se convierte para muchos en el lagar al que la memoria acude, porque se reconoce que “ahí fui feliz”. Para un niño, en condiciones medianamente normales, la felicidad no es algo sujeto irremediablemente a la expectativa de un final. Siempre está a la vuelta de la esquina, incluso en los momentos en donde la vida nos recibió a veces con un golpe a cara descubierta. Es ahí donde las trastadas y castigos se descubren como esos primeros “términos y condiciones” que nos van saliendo al paso, que se van esquivando aun así hábilmente. El “acepto” no deja de brillar sobre la pantalla, está ahí dispuesto a ser marcado una vez que se sanan los raspones y se suaviza el gesto de enfado tras el justo castigo. La felicidad es una promesa, y no se experimenta aún el miedo a perderla. No hay mal que dure media hora.

En cuanto a momentos puntuales de felicidad intensa, puedo privilegiar sobre todos el día de mi ordenación como sacerdote. Es evidente que, cuando te marcas una meta, la realización de la misma siempre supone un grado de satisfacción. Pero, curiosamente, no me refiero tanto a esa meta alcanzada, sino a la especial intensidad vivida en el hecho. Fue un momento en el cual el tiempo adquirió una densidad difícil de describir. Cada rito de la ceremonia, asumido como algo en perfecta comunicación con la persona; cada oración, fluyendo como expresión perfecta de aquello difícil de expresar… Todo era un engranaje perfecto. Todo iba a encajar en esa inmisericorde rueda dentada que es el tiempo y que, sin embargo, fluía sin desperdiciar absolutamente nada. Y fui feliz, intensamente, hasta perder el aliento y sentir las lágrimas quedas como la respuesta más natural. Porque la promesa es de aquello que ya se gusta de algún modo, y esa intensidad es anuncio de lo que está por venir. Es en estos momentos de felicidad intensa donde queda claro que los “términos y condiciones”, sean estos los que sean, se dan por entendidos y aceptados sin necesidad de demora alguna. El compromiso del “acepto” es el bien más apetecible con el que jamás habremos podido soñar.

Sean situaciones estables, o momentos puntuales intensos, no dejamos de sentir el peso del paso del tiempo. Y según crecemos, el eco del segundero se va haciendo cada vez más potente dentro de nosotros. El tiempo pasa, mientras salimos en la búsqueda de esa felicidad que hemos asido tantas veces… y es la sucesión del tiempo la que nos hace descubrir lo que significanesos “términos y condiciones”. Nadie es dueño de su felicidad, ni es capaz de ser constructor de la misma a voluntad propia. Estabilidad e intensidad son momentos que generan felicidad en la medida en que suman y encajan acciones y eventos – “términos y condiciones” – en nuestra vida. La felicidad no es posible sin la sucesión del tiempo, y es inconcebible fuera de los retos del espacio en el que se mueve nuestra vida. No es un estado de ánimo subjetivo, sino que está sujeto al devenir de las cosas, que ocurren y se imponen.

Nos pasa como a Dante. De repente nos encontramos inmersos en un viaje en la búsqueda de Beatriz, que nos hace cruzar por parajes inverosímiles en una ascensión fatigosa desde profundidades infernales, llenas de castigos extraños. Y sin embargo la promesa de ver de nuevo a Beatriz lo domina todo. Era la promesa, y por lo tanto el aliento. Seguro que todas las penalidades del viaje formaban parte de ese pliego de “términos y condiciones” que marcó con alegría para poder volverla a ver. La felicidad es promesa hecha de memoria, que extrae un vino del lagar que parece que no se agota, que es incompatible con la idea de pérdida completa.

Es lo que se desea como promesa. Es el deseo que no termina, que no se extingue, al que no se aferra uno con desesperación. Es el instante de cadencia perfecta, que hace del tiempo no un enemigo, sino el aliado perfecto, y que sucede sin miedo a que termine. Es la íntima certeza de que todo irá bien, aunque el desarrollo sea accidentado. Es el premio en una lotería accidentada – los “términos y condiciones” – en los que se sabe que se va a ganar.

¿Y quién no ha sentido también lo contrario, la felicidad robada, la que se tiene miedo de perder, la del deseo fugazmente satisfecho, la de laespera infantil que desea que no llegue la odiosa luz del día que lo ilumine todohasta convertirlo en algo prosaico e insoportable? Es como si hallásemos a Beatriz, pero para verla fugazmente en un círculo del averno dantesco, mientras el viaje ha de seguir de forma inexorable y sin ella. Ahí la felicidad robada se torna en maldición. Ahí no hay espacio para la promesa. Los “términos y condiciones” nos sumergen en un bucle en el cual el “acepto” nos lleva a esconder el retrato de la memoria cicatrizada y supurante de la satisfacción insatisfecha, cual Dorian Grey. Deseamos olvidar. No hay nada constitutivo de una promesa, salvo otro círculo dantesco más, en el cual Beatriz será sólo un cruel espejismo.

Y fueron felices para siempre”. El perfecto fin de toda historia amena y aleccionadora en este nuestro Occidente ya con sabor a fruta dulzona por estar maduramente pasada.Nos suena a cuento infantil, no a expresión de una promesa. Y aún así… es la felicidad intensa y estable a la vez. Es el retrato de Dorian, presidiendo el lagar de los mejores vinos de nuestra memoria, pero ya transido de la luz de Beatriz, de felicidad que es redención, de “términos y condiciones” que nos han hecho campeones de la justa y dignos de su favor. Dignos de abrazarla sabiendo que la promesa la otorga quien tiene capacidad para colmarla y cumplirla.


Por Declan Huerta Murphy

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