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The Knick es un pequeño serión. Si series como True detective, Fargo o Breaking Bad cayeron en el pantano seriéfilo provocando tsunamis, The Knick, en cambio, se parece más a esa gota densa que termina dejando estelas concéntricas. Exhibida por el canal de cable premium Cinemax, el subsidiario de HBO creado para la emisión 24 horas de cine, llegó a España de la mano de Canal Plus Series en septiembre. O sea hace ya tiempo. Y precisamente por eso, después de haberla dejado curar como al jamón, nos ponemos bata y bisturí en mano para diseccionar una temporada de la que, como del cerdo, vamos a aprovecharlo todo. 

 La medicina no siempre fue una ciencia. Hubo un tiempo en el que afecciones sencillas que hoy encuentran en la cirugía remedio fácil, seguro y reproducible, montaban un jaleo impresionante, muchas veces insalvable para los médicos de la época, que en un combate jadeante y visceralmente cochinero remaban impotentes frente a un océano de oscuridad científica. O lo que es lo mismo, ¿qué demonios ocurría antes de que existieran los antibióticos o las transfusiones de sangre? Pues que las tasas de mortalidad eran altísimas y la gente moría para que hoy no muramos otros de un apendicitis que lo joda todo. La medicina no fue siempre conocimiento y luz, no fue ciencia y saber, sino que la oscuridad y la ignorancia campaban a sus anchas. Pero detrás de cada mal de salud siempre ha habido una revolución, la mirada desafiante de alguna mujer o algún hombre que con ingenio y ayudado de unas piezas metálicas ha trazado una línea con la muerte y levantado un muro en el que escribe: nos pillarás más arriba, puta. Es el momento del Dr. Thackery.

Ambientada en el Nueva York de cambio del siglo XIX a XX, con la explosión demográfica de la ciudad y los avances tecnológicos como condiciones de contorno, la serie se centra en las historias humanas y médicas que suceden en el hospital Knickerbocker (‘the Knick’), situado en la parte baja y más pobre de Manhattan. En el piloto ya se nos marcan las señas de identidad de la serie. Un arranque de diez minutos con todos los sonajeros que van a tocar durante toda la temporada: cámara subjetiva, ambientación cuidada, atmósfera sombría, planos secuencia en mano largos, con escenas a tiempo real, crudas y un acompañamiento musical para dar sazón que no es el ragtime típico de la época ni música sinfónica orquestal, sino el sonido electrónico de… ¡los sintetizadores! Todo ello ensamblado nos produce una sensación rara que, al ritmo del carruaje en el que viaja Thackery, nos indica que no estamos ante una serie cualquiera. 

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(Espoilers a partir de aquí)

El elemento icónico y diferencial de la serie es su anacronía musical, especialmente susceptible en historias de época, recurso que ya había sido usado en películas como ‘Maria Antonieta’ (Sofia Coppola, 2006) o ‘Destino de caballero’ (Brian Helgeland, 2001). Sobre todo con esta última ya quedó demostrado, como el experimento de cruzar épocas, resultaba bastante interesante (imposible no recordar los títulos de crédito de ‘Destino de caballero’ al ritmo de los beats de ‘Will Rock You’). 

Steven Soderbergh tenía claro que quería recrear con la máxima fidelidad y realismo posible el Nueva York de 1900, pero sazonándolo todo con música moderna y electrónica. Al fin y al cabo la serie habla de médicos adelantados a su tiempo, cirujanos transgresores que rompieron con los métodos clásicos hasta entonces. De una revolución. Es una música hipnótica, minimalista y basada en los sonidos repetitivos, a veces limitada a un simple burbujeo electrónico que crea una atmósfera extraña y otras esboza melodías sencillas y suaves que describen los sentimientos de los personajes. Este sonido creado por Cliff Martinez le insufla a la serie su sello propio y contribuye a crear, junto a la fotografía y la ambientación, una atmósfera tan creíble y única que cobra vida saliéndose de la pantalla.

Pero la apuesta de Soderbergh no es solo estética, y más allá de esa epidermis, destaca el trabajo de los dos creadores y guionistas de la serie Jack Amiel y Michael Begler que han producido otro antihéroe de la televisión moderna: el doctor Thackery. El esqueleto narrativo de la serie se va bifurcando en varias extremidades como la gestión apurada y mafiosa del gerente Barrow, la caza legal de María la tifoidea, la cuestión racial acentuada por la llegada de Algernon, la relación conyugal de Everett malograda por la trágica muerte de su hija, el negocio de la hermana Harriet y el camillero Cleary o las tensiones levantadas entre Bertie y las ambiciones de su padre. Pero la columna vertebral de la temporada está marcada por la personalidad obsesiva y trastocada de Thackery, y su adicción a la cocaína líquida que actúa como enemigo y mal mayor del protagonista, una clavija que va tensando y destentando continuamente el hilo argumental y que va conduciendo todo al desenlace del episodio final. Un descenso a la locura en el que Thack encuentra el consuelo en la droga inyectada, hasta tal punto de ser su único medio para poder operar y dominar el pulso… a costa de ponerse en el borde del precipicio.

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La historia no tiene la intensidad ni la evolución en los personajes que nos hemos acostumbrado a ver últimamente (Fargo, True detective, House of Cards…) Una cosa que me choca bastante, sobre todo teniendo en cuenta que, en un principio, la serie estaba pensada como una antología de 10 episodios. Afortunadamente el éxito ha asegurado una segunda temporada que pueda inyectarle a la serie sangre nueva que la haga más infartada y grandiosa. De aquí saco algunas migajas en esta temporada que recogen lo que menos me ha gustado de la serie:

– Se gasta demasiada guarnición en los dos primeros episodios. Está claro que una propuesta tan diferente requiera un comienzo pujante si quiere desviar definitivamente miradas, pero después del par de episodios inicial la serie deja de pisar el acelerador. The Knick no es, desde luego, frenética. Al contrario: le gustan los silencios y tomarse su tiempo, pero para dar protagonismo a los escenarios vaporosos y los sintetizadores de Cliff Martinez. La serie se recrea por momentos en la atmósfera —y no lo desdeñamos ojocuidado— ya que el relieve que crea cautiva y tiene el sabor de lo nuevo. Pero no a costa de desaprovechar esos espacios para profundizar en los personajes.

– Uno de los grandes logros de las series modernas han sido el preciosismo por dibujar a sus personajes y dejarlos evolucionar. Un aspecto jugoso de las series es precisamente la hondura y riqueza en conseguir que las vidas de los personajes realmente nos interesen. Lamentar su muerte, celebrar su ascenso, reír con su aparición, reprochar sus decisiones, escupirle en un episodio y perdonarle al siguiente. Pero esta rueda emocional se resiente si falta trabajo para presentarnos esas historias. De hecho, la historia de fondo que nos cuenta la serie no es tan relevante —el nacimiento de la medicina moderna— en comparación con lo que aportan sus personajes: la oleada de ingenio de la época, las ambiciones y el orgullo como motor de la acción, la ética que inunda cada nuevo paso, la obsesión, la adicción, la inesperada aparición del amor, el martilleo de la conciencia… 

– Por eso he echado en falta más nitidez en los personajes. Si no, cómo se explica que personajes como el de Cornelia o Everett resulten tan desaboridos. Ni siquiera el esfuerzo mayor por presentarnos a Algernon como el habilidoso cirujano que lucha a capa y espada por hacerse un hueco y defender su integridad, da muchos frutos. Al menos, más como en el 1.4. (“Where’s the Dignity”) con esa escena tan emocionante en la que Algernon reta a todo el equipo médico a contrarreloj en plena operación. Otro recurso del que Soderbergh no ha echado mano, es la presencia de flashbacks que sirven para arrojar luz sobre la historia de los protagonistas. No hubieran quedado de más viendo la falta de vida de alguno de ellos.

– La válvula de oxígeno nos llega con la hermana Harriet y el camillero Cleary, como la extraña pareja, a modo de contrapunto cómico de la serie. Sin embargo es un contrapunto que no termina de despuntar. Aunque a veces consigue buenos resultados como las conversaciones en las que se turnan el pitillo, pero que se hacen más dolorosos al recalcarnos lo que podrían haber sido.

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En general, la serie mantiene un buen equilibrio entre la puesta en escena del quirófano, como elemento central y recurrente de la trama principal, con el resto de subtramas de personajes a medida que estas se van tejiendo para ir haciendo peligrar, en los diferentes personajes, su situación en el Knick.

Sin duda esas operaciones abiertas al público, narradas por Thackery con la incertidumbre de cómo saldrán, mientras el baile de la cámara va rotando con el burbujeo de sangre y el ritmo de los succionadores aportan esos clímax de intensidad y son un gran hallazgo visual, uno de tantos que se ha apuntado The Knick gracias —especialmente— a ese ser omnisciente llamado Steven Soderbergh que se ha encargado de dirigir, iluminar, filmar y editar los 10 episodios. Un tour de force que recalca ese aroma autoral que tiene la serie. Y eso es otra buena cosa de la temporada. Al fin y al cabo como ha dicho hace poco el director español J.J. Bayona solo hay dos clases de cine, y que no son bueno o malo, comercial o artístico, sino —simplemente— honesto o deshonesto. ¿Qué me está contando este director? ¿Es algo que le sale de las tripas? ¿Desde dónde lo cuenta, por qué y con qué intención? 

Y es que The Knick es una serie de hallazgos. No por una gran historia, sino por la forma de hacerla. Que tiene grandes secuencias, un gran personaje central, grandes hallazgos formales. Que todos los elementos de la serie tengan una intención, un rigor. Una necesidad. Y en este caso todo funciona sólidamente y crea un conjunto, una atmósfera, que nos deja con ganas de más. Esos planos secuencia que sobrevuelan la escena, esa realización naturalista, cruda, realista, directa, casi documental. Esos enfoques con baja profundidad de campo que recuerdan a cómo mira el ojo, hacen a The Knick una serie muy especial, única si se me permite. Una brecha verdaderamente original en la edad dorada de la caja tonta lista. Otro gran puerro de la purrusalda seriéfila actual. Y como un comensal hedonista y hambriento decimos: más así, por favor. 

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 Fuente de las imágenes: IMDb y Cinemax/HBO

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-Muy fan de los botines blanco nuclear de John Thackery. Se nota sensibilidad artística en esos detalles aprovechados muy oportunamente en una serie que con semejante atmósfera y ambientación pide esos fetichismos a gritos; que, por otra parte, tanto nos gustan a los frikazos de turno. 

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– Si al final, cuando algún día el grifo de creatividad de la TV actual empieza a flojear, y a alguien se le ocurra empezar antologías de una época, y entre ellas se escogen los mejores temas musicales, entonces, el tema de Cliff Martinez “Son of Placenta Previa” se merece un hueco en esa banda sonora por-el-amor-de-dios.

Clive Owen está portentoso. En un momento en el que se nos han mostrado antihéroes que han revertido su destino.. perdiendo su alma, el personaje que interpreta el británico es un soplo de aire fresco. De jefe sin escrúpulos a filántropo irredento, de cocainómano enajenado de pupilas contraídas a amigo fiel. Thack es una bella contradicción que ha cobrado vida gracias a Clive Owen. Al final el globo de oro se lo llevó el barrilete cósmico Spacey.

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– Se suele ignorar el trabajo artístico que hay detrás de muchas series en cuanto a diseño gráfico. O toda esa parte que no sabría bien como definir, dentro de la que hay que ubicar la cartelística, los banners, la promoción, la tipografía del logo o los títulos de crédito. Justo estos últimos brillan por su ausencia en la serie, una decisión que lamento ya que me parece que resalta y hace brillar con más intensidad cualquier producción. Pero con respecto a los carteles hay que sacarse el sombrero: qué gran acierto resaltar esa pulcritud antes de que todo quede salpicado por la sangre. Ese protagonismo a las manos con el gesto de antes de operar, dándole ese toque de coreografía, de danza con la muerte… En fin, divagaciones. Pero gaudeamus igitur por el equipo artístico. 

– Sin duda el clímax de toda la primera temporada se alcanza en el intenso y turbulento 1.7. (“Get the Rope”) antes de dejarlo todo en el cliffhanger del último episodio.  Inolvidable el plano secuencia con Algernon escondido bajo los faldones de la camilla con la batalla fuera de campo. Ojalá más momentos así en la segunda temporada. Al fin y al cabo no está lejos de convertirse en la gran serie que aspira con derecho propio a ser. Veremos. 

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Alfredo Andreu

Generación mejunje Art Attack. Disperso entre farmacia, diseño gráfico y cine. Soy muy de merendar.
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