Seres humanos cuya mirada me limpia. Se caracterizan por desprender un olor afectuoso. El afecto les confiere una nitidez especial que los precede y los sigue. Dicha nitidez aclara también sus flancos, su nombre, sus palabras, y me acompaña cuando ellos ya no están.

Fernando Aramburu, Autorretrato sin mí.

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Via: Mininube

Llamé a la puerta y Oriol me abrió, como tantas otras veces. Me recibió con una sonrisa, me dio un abrazo y me informó de que la mesa estaba puesta. No protesté. Abrimos juntos una botella de vino y nos sentamos a cenar. Recorrimos meses, nos detuvimos en ciertos días y pusimos en orden, uno tras otro, nuestros recuerdos. Entrada la madrugada, nos dimos las buenas noches.

Cuando desperté, no tuve la extraña sensación del que despierta en lecho no conocido. La mañana, soleada y clara, traía uno de esos días en los que el invierno se disfraza de primavera y muestra, como una promesa, todo lo que está por llegar. La temperatura invitaba a salir. En las terrazas la gente mojaba el periódico en el café y los niños gritaban, llenando las calles de alegría y juventud. Desayunamos, como de costumbre, en la deliciosa panadería de la esquina y nos sacudimos de encima los últimos restos del sueño. Dispusimos el plan del día, la vuelta por la noche, el reparto de las llaves y lo que haríamos el domingo. De vuelta en la casa, peripuesto como un infante, recibí su bendición y partí.

Llegué al encuentro de Sofía y Paco y, andada la mañana, alcanzamos la iglesia en lo alto de la montaña. Desde allí la vista alcanzaba toda la ciudad y el mar, a lo lejos, se empeñaba en rivalizar con el azul del cielo en una pelea sutil, libre de violencia. Una tarde de marzo de hace ya algún tiempo, en ese mismo lugar, varios amigos tomamos una cerveza que fue como el poema: uno de esos momentos felices para dejarse ser en amistad.

Entramos en la iglesia, donde reinaba una ligera penumbra. Los muros del templo contenían la luz de afuera, que apenas se filtraba por las ventanas y se difuminaba en la piedra fría. La música, desde lo alto, comenzó a sonar. Desfilaron el novio y la madrina, contemplados por los invitados que alzaban sonrisas y cámaras. Hubo una espera llena de expectación, interrumpida bruscamente por un golpe seco. Fue entonces cuando el pórtico principal, que había permanecido cerrado hasta entonces, se abrió de par en par.  En ese mismo instante, mientras parpadeábamos, apareció la novia y todo se llenó de luz. Más tarde, el sacerdote pronunció una homilía vigorosa y tierna sobre el amor, de las que reconcilian al hombre con el púlpito.

El banquete duró todo el día y no faltaron ni el baile ni las caras sonrientes. Lo demás — la pesadumbre, la mezquindad — desapareció. A la mañana siguiente, mientras le narraba la jornada a Oriol, todo encontró su lugar y las cosas quedaron más claras que nunca. Para esto se vive, le dije. Me acercó una taza rebosante de café y me pidió, que por favor, no dejara de contarle ni un solo detalle.

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Javier Fernández

Estudio, leo y escribo. No necesariamente en ese orden.

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