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Sostenerle la mirada a un bebé es una de las cosas más duras que existen. Me refiero a una criatura lo suficientemente crecida para haber abandonado esa cara angelical de los primeros meses, pero lo suficientemente lactante como para seguir pareciendo inofensiva. Es un examen del que nunca se sale airoso porque uno termina apartando la vista y cayendo derrotado frente a esa mirada insondable. No hay victoria posible, sólo una humillante derrota para el resto del día.

Uno se los puede encontrar en cualquier lado, desde la cola del super a la sala de espera del dentista. En este caso ocurrió en un museo, el Reina Sofía, donde se exhibe una exposición dedicada al encargo que la República le hizo a Picasso para la Exposición Internacional de París de 1937. El caso es que llevaba un rato examinando el cuadro de Las tres bailarinas, con la cabeza ladeada y el gesto concentrado, cuando un sonido, como de chupete, sacóme del recogimiento al verme observado por una criatura que consumía un biberón muy decidido. Se podría decir que el bebé llevaba un ritmo militar de lactancia, con una cadencia constante que parecía marcar los pasos de un pelotón marchando.

Caí hipnotizado al entrar en el campo magnético de su mirada, como la sonda que pierde su errático rumbo al caer en un agujero negro. Es un tipo de mirada severa, abierta de par en par, sin rastro del más leve parpadeo. Seca, directa. El mismo tipo de mirada inquisitiva que te lanza una madre cuando al llegar de fiesta a altas horas de la madrugada enciendes las luces del salón y te la encuentras de frente, en el sillón, esperándote. Desde su carrito parece que el bebé estuviera deliberando minuciosamente algo, una sentencia de muerte quizás, dudando entre si sacar un pulgar hacia abajo y darme matarile ahí mismo, en el museo, a los pies de algún cuadro o debajo del Guernica, incluso.«Ya podré estar montándome una película –pienso– que esta criatura me ha robado toda la alegría que traía conmigo». No me lo puedo ocultar: de pronto, soy un infeliz que mira a un bebé como el reo de muerte mira al verdugo. Y entonces, una gota de sensatez: «pero qué idiota estoy hecho. Mira qué criatura tan achuchable. Anda, guíñale un ojo o sonríele». En ese momento le sonrío, pensando acaso que así le haría feliz. Pero algo no va bien. El bebé detiene súbitamente la succión. Craso error, barrunto. Baja el biberón lentamente y, no pudiendo ya aguantar la presión, desvío la mirada de vuelta al cuadro absolutamente descompuesto. Estoy sudando: «me cagoensós, la-que-me-está-liando-este-crío». Pero me quedo inmóvil en el sitio. Sé que lo que el querría sería que abandonase en señal de rendición. Por eso me quedo clavado ahí mismo esperando ignorar que él también sigue ahí y, de esta manera, ganar mi batalla de una manera adulta, con una madura indiferencia.

Fracaso absoluto. Cuando uno se sabe observado es dificilísimo fingir, y mucho más cuando vuelvo a escuchar ese maldito biberón que vuelve a la carga. Sé que lo mejor en estos casos es esperar y olvidarse, pero no entrando la paciencia en mi modo de ser, le vuelvo a mirar, esta vez ya sí, dispuesto a todo, pues esto se ha convertido en un duelo de dos y sólo uno puede salir vencedor. Pero cuál es mi sorpresa que, al mirarlo, él ha cambiado. Ni rastro de esa mirada severa. Ahora me lanza una más cálida, reconfortante, serena. Diría que es una mirada santa, porque yo creo que debe llevar muchas horas de meditación y vida ascética lanzar una mirada que condense tanto consuelo. Siento progresivamente un alivio reparador, un nudo que se desata, y me fijo por primera vez en otros detalles de su cara que ahora se me antojan entrañables y suaves, cayendo en un nuevo hipnotismo más profundo si cabe. Me llaman poderosamente la atención sus pestañas. Me parecen larguísimas para alguien con una cara tan pequeñita, una barbaridad de pestañas, algo extraordinario… ¡Unas pestañas de vaca!. Por fin parpadea y siento, en ese instante, una liberación de mis angustias inenarrable. Y se va. Quiero decir, se lo llevan en el carrito. Es entonces cuando vuelvo a caer en la cuenta de que estaba en el Reina Sofía, en una exposición de pintura, en frente de un cuadro.

No sabría explicar muy bien qué pasó. No sé si se puede sacar alguna moraleja de todo esto. Pero creo que todos deberíamos ir más a menudo a confesarnos con un bebé. De verdad: se sale limpio y renovado. Sí, ahora lo veo claro, aquello me salvó el día. Yo en realidad fui al museo, como cualquiera, con sus angustias y sus incertidumbres. Pero ese bebé, después de haberme centrifugado a su antojo, tuvo para mí un efecto catártico. Fue un examen de conciencia devastador, sí, pero purificador también. Y pensé que un bebé mirándote es quizá lo más difícil que se nos impone, lo extremo, la última prueba y el trabajo para el cual todo otro trabajo es una preparación. No evitéis su llamada.

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Alfredo Andreu

Probablemente, ya está todo escrito. Por tanto, mi opinión es irrelevante. Mi única intención al escribir es vencer la pereza y sacar alguna idea en claro. Soy muy de merendar.

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