A veces me susurro un consejo de poeta: La felicidad es una palabra, no te esfuerces en buscarla. De modo que busco algo más modesto: aquello que los antiguos llamaban ataraxia y los modernos podemos llamar vivir tranquilo. Es una disciplina complicada y azarienta, en la que el triunfo siempre es episódico. (No es tanto que la calma sea inalcanzable, como que la ansiedad es irreductible). Y si uno, inverosímilmente, logra sujetar todos sus miedos, no hay forma humanamente posible de conquistar los temblores prestados: aquellos que se sufren por lo que pueda pasar a los seres queridos.

Cabe entonces la vida cenobítica, libre de vínculos, o en otras palabras: la tentación de vivir solo. Pero quién querría vivir solo… Es precisamente de la vida social de la que extraigo la única receta felicitaria que me permito ofrecer: intentar vivir sin causar daño a otros. Me refiero, por supuesto, a un daño injustificado o innecesario, porque a veces en la vida dar pelea o aceptarla resulta inevitable. Para los demás tormentos –el mal de amores o de muelas, el metafísico, la soledad o la mala compañía– hay cura o emoliente, aunque no siempre esté a mano. Para el mal de conciencia, en cambio, no hay nada todavía inventado.

El mal ajeno que yo mismo provoqué sin necesidad, ese es el único estorbo de mi tranquilidad para el que carezco de respuesta. Alterum non laedere: no hacer daño a otros. Un viejo precepto moral que también debiera figura en los manuales de autoayuda.


Por Juan Cla de Ramón

A man for all seasons. Liberal sansimoniano.

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