“No tengo ni la más remota idea de qué coño cantaban aquellas dos italianas. Y lo cierto es que no quiero saberlo. Las cosas buenas no hace falta entenderlas. Supongo que cantaban sobre algo tan hermoso que no podía expresarse con palabras, y que precisamente por eso, te hacía palpitar el corazón. Os aseguro que esas voces te elevaban más alto y más lejos de lo que nadie viviendo en un lugar tan gris pudiera soñar. Fue como si un hermoso pájaro hubiese entrado en nuestra monótona jaula y hubiese disuelto aquellos muros. Y por unos breves instantes hasta el último hombre de Shawshank se sintió libre” 

   

Ellis Red en Cadena Perpetua


 Fue un flechazo. Había llegado tarde y cansado a casa. Una bolsa de plástico con mi cena estaba esperándome y un amigo había decidido poner una ópera aquella noche. Es uno de esos amigos que o están locos o tienen razón. Y tenía toda, absolutamente toda la razón. Tampoco tenía ni idea de qué coño cantaban esos italianos pero desde el momento en que me senté, puse un poco de atención a la música y a las imágenes, sentí el fogonazo típico de las revelaciones. Se me estaba envenenando las sangre. Era una ópera, según mi amigo, muy indicada para iniciados que como yo identificábamos esos alaridos articulados con aburrimiento. Hasta entonces, lo poco de ópera que había escuchado era siempre irritante, con poco interés y esa escasa empatía que, a ciertas edades, provoca lo que no tiene que ver directamente con el fútbol. No había quien lo entendiera y sin embargo no podía negarse la fuerza de esas voces que me pedían a gritos un acercamiento más oportuno. Aquélla en concreto, esa obra que vi una noche de noviembre se llamaba L’elisir d’amore.
Un año más tarde estaba sentado en una de las butacas del Gran Teatre del Liceu en Barcelona, con una entrada agujereada en mi mano para la misma obra. Tenía que ver en directo aquellos personajes y esas voces para convencerme definitivamente de que no estaba loco y por fin comprendía, si no todo, al menos parte de ese nuevo espectáculo majestuoso; esa nueva revelación. 
 
Por lo que había leído en foros y páginas de afición a la ópera, los estrenos en los teatros grandes eran vividos con fastuosidad. Las mujeres vestían de punta en blanco y los caballeros de alto copete. Sin duda estaban en lo cierto -me dije apesadumbrado- al darme cuenta  que mi atrevida decisión de que seguramente esos comentarios exageraban no lograba justificar mi desacertado atuendo. Por supuesto los comentarios en internet no se quedaban cortos en lo más mínimo. Con horror deduje que sería evaluado de arriba abajo antes de que algún voluntarioso de aquella corte de pamelas y esmoquins me expulsase avergonzado del local. Al contrario de lo que pensaba, una lozana sonrisa me dio la bienvenida al teatro mientras troquelaba mi entrada. 
 
— Adelante, buenas tardes.
 
Estaba dentro. Antes de llegar a mi asiento ya me habían ofrecido el programa oficial de mano, con el libreto completo por unos escandalosos veinte euros. 
 
— No gracias, le dije amablemente a la bella acomodadora mientras mentalmente pensaba que a ese paso entre la entrada, el hotel y el libreto podría haberme contratado a toda la compañía para que interpretase en el salón de mi casa. La mujer me devolvió la cortesía con una mirada cándida, no sin dejar ver un gesto de decepción. Estaba claro que era muy oportuno hacerse con un libreto. Pero yo era un cateto, un iniciado y ese tipo de incomodidades que evidenciaban mi ignorancia empezaban a hacerme sentir como un extraño entre esa gente. Hasta tal punto estaba llegando mi paranoia que creía ver, en las miradas de señoras sexagenarias con vestidos vaporosos, signos de desaprobación hacia mis maneras y mi vestuario. Una de ellas claramente me dirigía una concentrada mirada, con los anteojos dirigidos a mi cara sin ningún pudor y con los labios muy apretados, como si se estuviera callando marcas de ropa muy caras. Pero en realidad miraba a la hermosa dama que tenía yo delante cuyo precioso tocado amenazaba mi visión del escenario. Antes de levantarme y reprenderla muy educadamente por la poca consideración que se estaba cobrando su elegancia hacia las minorías de filas traseras, decidí apostar por un movimiento más discreto preguntándole al caballero de mi izquierda si era tan amable de cambiarme el sitio. Imaginé que no le importaría ya que me sacaba fácilmente cabeza y media, pero ese hombre no hablaba mi idioma. Más bien hablaba un germano muy rotundo, respondiéndome con mucho aplomo y convicción: 
 
— Esblagden aine. 
 
Sonaba a algo parecido, que perfectamente podía significar por la longitud de esas palabras: “por aquí chavalote”. No había tiempo para más discusiones. Delante me esperaban casi tres horas de auténtico espectáculo. Yo apuraba los últimos segundos con el telón bajado para hacer repaso mental de aquel L’elisir d’amore, música compuesta en dos actos por Gaetano Donizetti
 
La obra narra la desventura y conquista de un enamoradizo campesino, un tal Nemorino que suspira por el amor inalcanzable y no correspondido de la coqueta y bella Adina. Si esto se desarrollase en un pueblo Nemorino vendría a ser el pringadete que al igual que el resto de chicos sueña con Adina, la chica guapa de piernas torneadas y vestidos despampanantes. La llegada de un regimiento de soldados en misión de reclutamiento militar desencadena la trama. Al frente de ellos el gallardo Belcore captará, previsiblemente desde el comienzo, la atención de Adina, cegándola con su bravura y testosterónico atractivo. Desde entonces Nemorino comprenderá que no tiene ninguna opción ante semejante rival y lamentará no tener más virtudes que su sensibilidad y buen humor, que por sí solos parecen servir de poco a la hora de  conquistar a la dama que uno ama. Aquí Donizetti se hermana con todos aquellos que alguna vez nos sentimos igual que el desafortunado Nemorino, tan injustamente despreciados a los ojos de una mujer que se decide por la opción fácil desechando las oportunidades de un amor verdadero. Para colmo de males Adina accederá a la proposición de matrimonio de Belcore, reduciendo aún más las escasas opciones de Nemorino. Sin embargo, como el esperado milagro ante semejantes circunstancias, hará acto de presencia el pintoresco Dulcamara, un sospechoso médico que asegura fabricar la pócima mágica que causa enamoramiento: un elisir d’amore. 
 
Nemorino y Adina

Con este punto final en mi cabeza se apagaron las luces, se descorrió el telón y comenzó la música de apertura. La puesta en escena era inmejorable. Un elaborado pueblo en miniatura se desplegaba al detalle delante de mis ojos, mientras una coreografía daba inicio a la ópera. Sucesivamente fueron apareciendo los personajes que esperaba encontrarme; el primero de ellos Nemorino y más tarde Adina, que no era la belleza que suponía, pero cuya voz haría estremecerse a una manada de rinocerontes. 

 
Lo mejor estaba por llegar con el deslumbrante Dulcamara, encarnado por Ambrogio Maestri. Me tuve que frotar los ojos y enfocar como el objetivo de una cámara para creerme lo que estaba mirando. Claramente aquel hombre tenía unas dimensiones corporales incalculables. Podría pesar tranquilamente 200 kilos pero se movía con un despliegue y una gracia que terminaron por convencerme de que mi andadura hacia Barcelona había merecido la pena. Mi bautizo operístico alcanzó su momento cumbre con la aparición en escena de este personaje que me hizo reír y emocionarme con las imposibles notas que salían de sus cuerdas vocales. Así pues, Dulcamara vendía a Nemorino ese falso elisir d’amore que el estafador doctor rellenaba con vino. A la espera del efecto que no llega, Nemorino se agobia tomando más cantidad, por si no fuera eficaz con lo que ya había tomado, logrando únicamente una buena curda. Desconsolado por este falso remedio decide que lo mejor que puede hacer es alistarse en el ejército y conseguir dinero con el que volver para ganarse el amor de Adina. 

 

Después llegó ese ansiado momento en el que Nemorino, interpretado por Rolando Villazón, uno de los mejores tenores vivos, es llevado por su buena fe y canta la famosísima aria “Una furtiva lágrima”. Una furtiva lágrima es lo que cree haber visto resbalar por la cara de Adina como símbolo inequívoco del amor inconfesable que le profesa.



Este fragmento en el que el tenor se queda solo en el escenario refleja perfectamente la rueda de altibajos anímicos a que somete el enamoramiento; de la exaltación al desánimo atormentado; del desaliento absoluto al optimismo desbordado. Ahí estaba Villazón, abandonado a su propio destino, con los brazos extendidos situado en la parte central bajo la luz de un gran foco. Sentí algo de nervios en uno de esos momentos en los que el tenor se la jugaba subiendo varias notas, poniendo el grito en el cielo, pensando qué pasaría si por un instante le traicionase la voz. Habría sido como si te rompen el papel que estas leyendo justo en el momento de máxima atención, delante de tus narices. Por eso se estaba convirtiendo en una gesta. Paralelamente a la belleza que nacía de su voz, la solidez con que la mantenía a través de esas notas imposibles le daba a todo ese momento un aire épico. Imaginaba que daban igual las actuaciones que llevase a las espaldas, o los ensayos que aseguraban su buen estado de forma; cada actuación era una cita a solas con el destino. Uno no tiene el dominio absoluto de lo que pasa en sus cuerdas vocales, sobre todo cuando las fuerza de esa forma. Por eso, para mí, era heroico que se mantuviese entero hasta el final. Así lo hizo. 
 
En poco más de dos minutos, Villazón puso el nudo en la garganta a medio teatro, y las lágrimas al borde del precipicio en el otro medio. Recuerdo el silencio que se hizo, y su gesto asombrosamente serio, con la boca muy cerrada y la mirada perdida. Y así se mantuvo durante varios segundos. Parecía que aún no había regresado de alguna estratosfera dolorosa que solo conocen los tenores. Unos segundos fue el mismo tiempo que tardó en estallar una atronadora ovación. Primero creciente y poco a poco ganando en intensidad; se sumaron otros sonidos mientras se reivindicaban los aplausos que ganaban protagonismo con la intención de no cesar durante un buen rato. Dos minutos estuvo el teatro aplaudiendo esa gesta. Villazón, volviendo de su ensimismamiento miró de cara al público, y atendiendo a sus caras de felicidad se le instaló una sonrisa inolvidable reconociendo el esfuerzo y las horas de dudas, ilusión y esfuerzo que seguro habían quedado atrás para llegar hasta ahí.
 


Al último acto le quedaba muy poco pero lo mejor, sin duda, ya había pasado. Ni que decir tiene que los aplausos del final sobrepasaron con creces las expectativas que me había imaginado con las que se recompensaban casi tres horas de función. Una y otra vez salieron los actores aplaudidos y vitoreados. De menor a mayor importancia, uno a uno ocupaba el centro del escenario entregado a la horda de aclamaciones y cumplidos. El último en salir, naturalmente, fue Villazón con la sonrisa ya perpetua en su algre gesto y los brazos extendidos, como si recogiera todo ese ramo de felicitaciones para después comprimirlo y guardarlo a buen recaudo en su recuerdo. Como si mi boca pronunciase las palabras sin el consentimiento de mi voluntad grité: 


— ¡BRAVO Rolando! 
 


Así me quedé, recostado sobre mi asiento, un buen rato; reposando todo ese festín mientras se iba quedando vacío el teatro. Así concluía mi andanza hasta la ciudad condal, un año después de que me jurase que ese espectáculo tenía que verlo en vivo. Una mano envuelta en perfecto algodón blanco se posó sobre mi brazo: 

 
— ¿Se encuentra bien?
 
Alcé mi acuosa vista a la bella acomodadora, aparté el caudal que nublaba mi vista, sorbí sin vergüenza y, con un hilo de voz, susurré: 
 
— ¿Dan ustedes cava ahora?
 
 
A Juanma, cuya pasión contagiosa justificó el esfuerzo.
 

  

Fotografías: Alfredo Andreu
The following two tabs change content below.

Alfredo Andreu

Generación mejunje Art Attack. Disperso entre farmacia, diseño gráfico y cine. Soy muy de merendar.
Shares