Juro por todos los dioses, que no daría la Belleza por todo el poder del rey de Persia.

Jenofonte.

I. Mito

Al noroeste de Viena hay un monte que domina toda la ciudad. Su nombre es Kahlenberg y desde él la vista es tan hermosa como reveladora. Se distinguen con facilidad los principales distritos, así como alguno de los edificios más modernos. El Danubio fluye a sus anchas dando cuenta de su vasto caudal y parte la ciudad en dos, dejándose una pequeña isla recluida en su interior en la que se organizan barbacoas y se practican deportes acuáticos. A lo lejos brillan las luces del Prater, de la noria, tan cinematográfica. Se atisban los contornos de algunos palacios y sus jardines, como elBelvedereque Eugenio de Saboya se hizo construir hace algunos siglos. En él se alberga uno de los iconos de la cultura moderna: El Beso de Klimt. Hoy muchos se acercan a correr por sus jardines, desde donde se obtiene una vista sorprendente de la ciudad y en particular del monte, cuya modesta figura aparece a lo lejos como un guardián de las esencias de la ciudad.

El Kahlenberg da una medida muy exacta de lo que es Viena hoy y, especialmente, de lo que fue ayer. Su revelación tal vez consista en eso, en desmitificar una ciudad en la que todo evoca grandeza y, sobre todo, pasado. En ella todo tiene un aire imperial, desde sus elegantes edificios a sus deliciosas tartas. Incluso sus detalles más nimios: la prodigalidad con la que se usan los títulos en la vida social da cuenta de una sibilina forma de aristocracia arraigada en el subconsciente de sus habitantes. Muchos, no contentos con ser Frau o Herr, cuya pronunciación casi lleva inmediatamente a la reverencia, se hacen llamar Professor o Doktor, lo que no deja de ser cargar las tintas, a decir verdad. Este monte ejerce así la función de quitarle importancia a una ciudad que hace no tanto fue el centro político, cultural y espiritual de lo que conocemos como humanidad. Desde aquí se traza una línea perfecta entre el mundo de ayer de Stefan Zweig y lo que queda hoy, como si fuesen los restos de una gran fiesta, o quizás de algo peor: un naufragio.

Pese a las vistas y a la cercanía con el centro, no hay gran cosa en este monte. A sus pies, casas de diplomáticos y varios viñedos. En la cima, apenas una iglesia, un restaurante y una tienda de souvenirs. Arrecia el viento al caer la tarde y la iluminación es escasa, dejando que la ciudad brille aún con más fuerza. Apenas hay turistas a última hora. Un hombre afirma seriamente que pocos locales conocen el lugar. En la fachada de la iglesia hay dos placas. Una recuerda la visita de un papa, Juan Pablo II, y la otra, escrita en polaco, la de un rey, Juan III Sobieski, mostrando la efigie que reinó en Polonia durante buena parte del siglo XVI. Y es que este monte no sólo desmitifica Viena; también da nombre a sus padecimientos.

Los turcos asediaron Viena por segunda vez en el año 1683, un siglo después del primer e infructuoso intento. Eran tiempos difíciles para el emperador Leopoldo I, que pidió ayuda al papa, quien a su vez convocó una cruzada para defender la ciudad. Juan III Sobieski fue uno de los que acudió en su auxilio, dejando sus propias tierras desprotegidas. Después de varios meses de hostigamiento, el asunto se zanjó en septiembre en las colinas del Kahlenberg. La batalla fue breve y cruenta. El Imperio Otomano fue derrotado por segunda vez, como Jerjes en Salamina. Aquello supuso un punto de inflexión para la dinastía de los Habsburgo, que iniciaron su período de esplendor.

II. Muerte

Viena en un domingo de septiembre significa viento. Un viento que hiela y sacude los árboles con fuerza, poniéndolo todo perdido de otoño. En el centro muchos cafés cierran, excepto el del Hotel Sacher, admirado por sus tartas y vilipendiado por sus precios. Justo enfrente está la Ópera, atestada de turistas, y un poco más allá la galería de arte Albertina, donde se anuncia con un derroche de nenúfares un tour de Monet a Picasso. Detrás están los jardines del palacio Hofburg, residencia de invierno del emperador. El palacio es una construcción inabarcable, a ratos barroca y a ratos decididamente renacentista, que en todo caso cumple con su función, que es la de subyugar al visitante. Una parte del mismo desemboca en la Plaza de los Héroes, y es un lugar inmejorable para dar discursos, tal y como pensó Hitler. Las imágenes de aquel día en que la anexión tomó cuerpo y se encarnó en miles de rostros enfervorecidos pertenecen al imaginario colectivo como el momento culmen del naufragio. Y tal vez sea cierto que aquel día muriese la Viena de los escritores, la música, la filosofía, el arte, la ciencia. Tal vez hubiese muerto antes, cuando GavriloPrincip disparó sobre el archiduque o cuando el emperador declaró la guerra a Serbia. Es difícil de saber. Puede ser que aquella Viena siga existiendo, aunque sólo sea en la cabeza de los vieneses y en sus imperiales costumbres.

 

III. Epifanía

Cuando terminó la batalla en el monte Kahlenberg y Viena fue liberada del asedio, el rey de Polonia acudió a una misa de agradecimiento en la Iglesia de los Agustinos. Colindante con el palacio Hofburg, con el tiempo se había convertido en la parroquia de la familia imperial. Es una iglesia de paredes blancas y decoración gótica, con unas lámparas doradas que penden de la nave central. El Kahlenberg como lugar de batalla habla muy bien del gusto polaco para los asuntos de la guerra, y la Iglesia de los Agustinos hace lo propio respecto a los asuntos de Dios. Sin embargo, Juan III Sobieski no fue el único en reparar en la belleza de aquel templo, casi un apéndice del palacio imperial. Schubert dirigió en él una de sus misas, y AntonBruckner compuso otra expresamente para este lugar. Hoy, cada domingo sus bancos se llenan de fieles y de curiosos, de turistas y de melómanos, para presenciar la misa dominical en la que el coro y la orquesta derraman desde lo alto la música sacra de distintos compositores.

A principios de septiembre suena la misa del Chiemsee de Haydn, el lago más hermoso de Baviera, un lugar donde los atardeceres en agosto parecen no terminar nunca. La suave voz de una soprano se alza sobre los presentes, haciendo que la liturgia adquiera un punto casi beatífico. El párroco pide por los refugiados que en estos días llegan a millares y agradece el esfuerzo de la gente. Todo termina y una vez fuera sopla el mismo viento, aquel viento que arreciaba en el Kahlenberg y que está empeñado en traer cuanto antes el invierno. A fin de cuentas, es posible también que Viena y Europa estén más vivas que nunca.


Por Javier Fernández

Estudio, leo y escribo. No necesariamente en ese orden.

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